
Es cierto que no venía a Cabiria hace meses, pero por la comida que he probado aquí el lugar debería estar casi lleno. No, algo no anda bien; algo raro sucede con un restaurante de altas expectativas y todas las condiciones para cumplirlas –un gran lugar con gran comida y locación privilegiada–, cuando permea por las paredes una mezcla de depresión y desesperanza que empieza a apoderarse del servicio y la cocina.
Tártara de atún que parecía de tres días con un deliciosísimo puré de hinojo; una fresca ensalada con pera y un tocino imposible de masticar. Y luego las pastas: dos de las variedades más deliciosas que he probado: ravioles rellenos de pato con mantequilla aromatizada con salvia que se deshacían en la boca, y rigatoni en salsa de tomate y berenjenas, espesa, concentrada, con un increíble balance y queso parmesano oronando a ambas... ¡perfectas!
El lugar es hermoso, sobre todo el segundo piso, desde donde ves y escuchas la fuente de la plaza Luis Cabrera. Lástima que esté un poco desangelado.
Un restaurante con poca afluencia es un restaurante deprimido, pese a que el chef es un extraordinario cocinero y el lugar es perfecto.