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Casi muero en el hoyo fonqui de comedia

Por: Donde_Ir 02 Sep 2019
Casi muero en el hoyo fonqui de comedia

Arturo J. Flores narra en su columna Divina Comedia crónicas de sus aventuras en el mundo del stand up comedy, aquí su primera entrega


Esta es la primera entrega de las crónicas standuperas de Arturo J. Flores. En esta columna llamara “Divina Comedia” leerás las aventuras de Arturo y sus colegas en el mundo del stand up comedy.

Comedia en un hoyo fonqui: stand up clandestino

Llamó media hora antes de dar la tercera llamada.

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–Me quedó mal un comediante y hay poca lana, pero algo hay. ¿Te subes?

De ir con Manuel y otros colegas a echar unas risas, a quedarme en casa, viendo Netflix encobijado igual que una oruga en la lluviosa noche sabatina, elegí subirme al metro y buscar aquella casa –porque Manuel me invitó me advirtió que no se trataba de un bar, sino de un domicilio particular– en la que tendría lugar el show. Lo que los standoperos llaman un Privado

Un espectáculo particular que por lo general se contrata para animar una boda, fiesta de XV Años o cena empresarial de fin de año.

Llegué hasta el portón de madera de una casa blanca muy amplia. Un mastín cruzado de brazos custodiaba la entrada.

–Vengo al show de stand up de Wild Buffalo.

–Claro, pásale y en la mesa te cobran tu cover.

–No, es que yo soy comediante.

–Ah, perdón, pero igual anúnciate con el chico de la mesa.

Entré. 

No me extrañó que no me reconocieran, porque a eso estamos acostumbrados los que no somos famosos, sino que aquel amable cancerbero me hablara de “pagar un cover”.

Llegué hasta la mesa hasta donde, en efecto, un par de chicas cubrían el importe de su entrada. Ahí me explicaron que tenía derecho a dos cervezas, me preguntaron si las prefería claras u oscuras, y me entregaron un boletito para que las canjeara en “la barra”.

Stand Up

A mi derecha se extendía un patio amplísimo, en el que se habían tomado la precaución de acomodar varias sillas; la mitad de ellas ya ocupadas por un muestrario amplio de especímenes hipsters millennials. Una lona enorme nos protegería de la pertinaz llovizna. Delante del improvisado auditorio estaba el escenario, de apenas unos 20 centímetros de altura. Suficiente para alojar en su superficie a un comediante y un pedestal de micrófono.

Fue cuando Manuel se acercó para saludarme y preguntarme si me habían dado los boletitos canjeables por cerveza.

Fuimos juntos a la barra, en la que dos gorilones más despachaban tragos en vasos de plástico, pero sin popote. Porque hay que matar tortugas, pero tampoco con tanto dolo, supongo. Había ron, whisky, tequila y dos barriles de cerveza. 

Nos presentaríamos Mini, Yopsi, Manuel Valdez, Hugo Brito y un servidor en aquella reversión contemporánea de hoyo fonqui rocanrolero. El que Parménides García Saldaña definió así en su célebre artículo de Piedra Rodante: “Funky es el lado hard (macizo), dirty (grosero), heavy (pesado, grueso), del rock. Funky es lo contrario de Straight”. 

Sólo que en 2019 ya no son las guitarras sino el monólogo incómodo escupido en un micrófono el que ocupa el escenario montado al margen de la ley, del alcohol que nos servía un obeso y acomedido vestido de negro. El slam reemplazado la carcajada.

Stand up

Escuché que al dueño de la casa se le ocurrió la idea de convertir su patio en un bar de comedia los fines de semana. Contratar un staff, cobrar un cover y servir tragos. Al margen de la ley, sí, pero como dijo Judas Priest, ¿para qué existe esta sino para quebrantarla? Por eso, en la entrada había que pronunciar la contraseña que a los invitados les había llegado por WhatsApp. Sí, adivinaron, era “Wild Buffalo”.

Se dio la tercera llamada. Me tocó abrir y apegado al principio de que decir la verdad, provoca risa, hice una o dos bromas acerca de la ilegalidad de la que éramos cómplices las decenas de convidados que pagaron su cover, compraron su trago y reían delante de mí. Mientras tiraba la rutina, imaginaba lo singular que sería que de la nada tuviera lugar un operativo, que un comando de policías tumbara la puerta y se descolgara por los muros como en la última temporada de La casa de papel, que nos esposaran por la espalda y nos presentaran en el noticiario de las 10: “Desmantela autoridad un laboratorio clandestino de chistes”.

Pero no.

Nos fue chido a todos. A Mini con su rutina de lo que significa ser una Tomboy. A Yopsi con la historia del Cristo roto, a Manuel con ese humor tan cáustico como la sosa, a Hugo y su ya clásica anécdota del metro y yo, que sigo diciendo un amigo gordo y drogadicto para decirle “el círculo vicioso”. Ese en particular desató una carcajada entre el staff.

–No manches, tú eres el standoperito –me dijo el de la barra cuando me acerqué a pedir mi segunda cerveza –por tu culpa estos cabrones ya me dicen Círculo Vicioso. 

Se me acercó de manera intimidatoria. Pensé que me hundiría la nariz de un puñetazo. Mis amigos estaban muy lejos. Yo nunca me he pelado en mi vida y el gordo me triplicaba la talla. Cuando lo vi alargar los brazos de gorila, pensé que un hoyo fonqui de comedia sería un buen lugar para morir.

–Te invito un tequila– dijo antes de darme un abrazo.

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