
Gin Gin no es un lugar para comer o cenar. El concepto le queda chico. En realidad es el escenario en el que sucede: ¿qué? Una cita memorable. Una reunión legendaria. Una película personal. Sí, porque su iluminación está pensada para estimular la imaginación. Su decoración, a base de cráneos, imprime a la noche un toque prohibido, misterioso, oscuro.
Llegar no es complicado. Gin Gin se ubica en el 107 de la calle Córdoba. Además, existen otras locaciones en Polanco, Metepec, Satélite y Cibeles.
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Pero la antiquísima Roma posee un ambiente especial. Mi acompañante se disculpa. Ha llegado unos minutos tarde. Mientras aguardo a que regrese del baño, termino el agua mineral con rodaja de limón que pedí. He de reconocer que tengo hambre y espero que ella también, porque nos han prometido un festín propio de los nórdicos y espero que la expectativa se cumpla.
No sólo se trata de su cocina y la renovación de su carta. Uno viene a Gin Gin a ser parte de un ritual. Por eso el mixólogo se presenta a la mesa con sendas copas rebosantes de aromas y colores. Para ella, un “Rojito”, que en su interior contiene 45 ml de ginebra, junto a un puñado de frutos rojos, jengibre, cardamomo y agua tónica.
Luego de capturarlo para Instagram, se decide a besar el borde de la copa y su gesto es el de una mujer que visitó el cielo.
En mi caso, me decanto por un Vellocino de Oro. Además de tomar prestado el nombre del tesoro que buscaban Jasón y los argonautas, mi trago mantiene un toque poético por el show que acompaña su preparación. El mixólogo remata la revoltura de ginebra, aceite de limón y aceituna, flameando una rama de romero para inundarlo con su perfume.
Yo también puse un pie en el paraíso. Confieso que rocé al pecado con la imaginación, pero el mesero me devuelve al buen camino cuando coloca las primeras entradas delante de nosotros.
Unas croquetas de jamón serrano que prácticamente pierden el estado sólido apenas tocan la lengua. El twist lo pone el alioli de chiles secos que, sin llegar a representar propiamente una sensación picante, definitivamente estimula las papilas. Se parece mucho al comentario imprudente que sonroja, pero no incomoda, y que definitivamente allana la conversación hacia terrenos mucho más personales.
Está claro que a ella la comida la seduce y mi papel en esta mesa es dejarla hacer. Admirar desde mi silla los milagros que la alquimia de los ingredientes puede operar en los sentidos de una diosa de carne y hueso.
Una focaccia de mozzarella aparece en medio de los dos. La textura del pan de masa madre es perfecta. Aunque hasta este punto mi acompañante y yo habíamos charlado animadamente, de pronto nos sorprendemos estando callados. Masticamos con delectación, pero también disfrutamos de la música del DJ. No es sencillo encontrar el mood que acompañe a la comida, sin transformarla en un martirio de volumen. Pero él lo consigue.
El desfile de entradas concluye con un crudo de atún, al que la salsa macha y el cremoso de aguacate le vienen perfectos. Para entonces terminamos el primer trago. Los cócteles han hecho lo suyo. La plática sube de tono (porque cuando uno bebe tiende a hablar más fuerte) y las risas comienzan a brotar.
Llegó la hora de cambiar estas copas vacías por unas más felices.
Y de que vengan los platos fuertes.
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—Me encanta la carne —dice ella antes de hincarle una mordida vampírica a un vacío. El plato humeante viene con unas papas cascadas de textura mantequillosa y unos chiles toreados que, pese a los esfuerzos por gentrificar la zona, pican con toda la tradición de los ancestros que habitaron el lugar.
Observo otra vez el muro de los cráneos detrás de ella. Me recuerda al verso de López Velarde: “Mis besos te recorren en devotas hileras / encima de un sacrílego manto de calaveras”.
El rigatoni cacio e pepe alza la mano por las pastas. Ella y yo nos dirigimos una mirada cómplice. Esta noche hemos sido vikingos en medio de una comilona nórdica. Sabemos que cada bocado tendrá que desquitarse al otro día, remando en el gimnasio como los tripulantes de aquellas barcazas guiadas por los caprichos de Odín.
No soy tanto de postres, pero decidimos compartir una panna cotta como clausura.
Cuando nos percatamos, habían pasado más de tres horas. Ahora Gin Gin adquiere mucho más una personalidad de bar. Si no fuera jueves, seguramente habríamos conectado con la fiesta.
Porque este es un sitio para mucho más que comer o cenar.
Y si no queremos parecernos a los cráneos incrustados en sus muros, mejor nos vamos.
Pero antes, vamos a tomarnos una foto con las calaveras, sugiero. Por si acaso el mundo se acaba mañana.
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¿Dónde se ubica Gin Gin?