
La era del souvenir decorativo ha terminado para dar paso a la utilidad con historia. Las maletas regresan a casa cargadas de sabores y texturas que transforman la alacena en una galería global. Los viajeros nacionales han decidido que la mejor manera de recordar una travesía no es mirando un imán en el refrigerador, sino cocinando con herramientas que tienen alma y usando ingredientes que cuentan el origen de un destino.
Las predicciones de viaje de Booking.com arrojan un dato contundente: el 78 por ciento de los mexicanos viaja con la misión de encontrar tesoros culinarios.
Más allá de la compra casual, el 52 por ciento afirma que elegiría su próximo destino basándose exclusivamente en la oferta de objetos de cocina o despensa disponibles.
Para el 24 por ciento, cocinar con estos recuerdos comestibles es la forma definitiva de revivir la experiencia, convirtiendo la preparación de alimentos en un acto de memoria.
Kyoto se posiciona como el paraíso para quienes valoran la precisión. Aquí, la búsqueda se centra en cerámica raku hecha a mano y utensilios de bambú que siguen la filosofía del “menos es más”. En el mercado de Nishiki, los visitantes se abastecen de miso fermentado y shichimi togarashi.
En Seúl, la cocina es un pilar cultural indiscutible. Los viajeros regresan con gochujang artesanal y juegos de palillos de acero impecables. Las tiendas de diseño ofrecen teteras y vajillas que equilibran estética y función.
Para los foodies, India ofrece una narrativa en cada objeto. Las maletas se llenan de masalas recién molidos en mercados como Khari Baoli, latas vintage de chai y cucharones de cobre martillado que aportan calidez a cualquier hogar.
Florencia, Italia, atrae a quienes buscan la excelencia en lo básico: aceites de oliva en botellas artísticas, tablas de madera de olivo y sales aromatizadas. Por su parte, Marrakech, Marruecos, ofrece un festín visual con montañas de especias, tajines esmaltados y cucharas de latón.
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